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El Asesino En Serie Que Odiaba Y Mataba A Las Prostitutas, Y Cómo Una Adolescente Lo Engañó Y Ayudó A Que Lo Capturen




Lisa McVey tenía 17 años cuando Bobby Joe la violó una y otra vez mientras la tenía encerrada en su casa en Tampa, Estados Unidos. Tras 26 horas de cautiverio, el violador la liberó después de que la joven le contara una historia falsa. El rol determinante de la adolescente en la captura de un hombre que ya había matado a diez mujeres, todas trabajadoras sexuales

Por Carolina Balbiani


Eran las dos de la madrugada del sábado 3 de noviembre de 1984 cuando Lisa McVey de 17 años terminó su doble turno en el local de donas “Krispy Kreme”. Se subió a su bicicleta y comenzó a pedalear hacia la casa de su abuela, donde vivía desde hacía tres años. Estaba muy deprimida y harta de los abusos a los que era sometida en su hogar. La noche anterior angustiada había escrito una carta donde anunciaba su deseo de morir. Pensaba que una bala en su cabeza terminaría de una vez por todas con tanto sufrimiento.

Sin embargo, pocas horas después, se daría cuenta de que ese deseo era falaz y que nada ansiaba más que la vida.

Pedaleaba con fuerza cuando vio un auto detenido al costado del camino. Pasó frente a la Iglesia y, de pronto, alguien la sorprendió por la espalda y la arrancó de la bicicleta. Lisa gritó, pero el cañón helado de un arma apoyada contra su sien la hizo desistir: “Cállate o te vuelo los sesos”, dijo un hombre con voz ronca.

Lisa calló, definitivamente no quería morir.

Amparado por la oscuridad el hombre la introdujo en su auto, un Dodge Magnum; le exigió que se quitara la ropa y le vendó los ojos.

Lisa era ahora una adolescente secuestrada en los alrededores de la ciudad de Tampa, Florida, Estados Unidos.

Una infancia acorralada

Desde muy chica Lisa venía entrenada en soportar abusos físicos y sexuales. Se la había pasado deambulando -con la intervención de los servicios sociales del estado- por hogares de tránsito debido a que su madre Catherine era adicta a las drogas y al alcohol.


Cuando cumplió los 14 años fue obligada a mudarse a vivir con su abuela. Las autoridades creyeron que de esta manera la pondrían a salvo. No resultó así. Las cosas no mejoraron para Lisa sino que empeoraron. El novio de su abuela comenzó a violarla con frecuencia a punta de pistola.


Por eso, esa noche cuando se vio dentro del auto sometida por la fuerza, ya sabía a lo que se enfrentaba. “No era nada nuevo para mí. Una mala situación me llevó a otra mala situación que me salvó la vida. La noche antes del secuestro estuve escribiendo mi nota de suicidio…”, revelaría tiempo después del espanto.


Fue justamente ese susto mortal lo que le devolvió las ganas de vivir.


Lisa tenía los ojos vendados, pero su mente lo registraba todo. Cuando el desconocido le ató la venda sobre los ojos, ella colocó su mandíbula de tal manera que, luego, cuando la relajó se hizo un hueco entre la tela y su cara. Podría ver algo de lo que pasaba a su alrededor. Su cabeza iba a mil por hora. Sus deseos de muerte se habían evaporado. Se sabía fuerte, siempre se había sentido una sobreviviente. Lo primero que hizo fue suplicarle a Dios “sea lo que sea, no dejes que me mate”.


No sabía en manos de quién estaba, pero tenía decidido que iba a actuar. No tendría un papel pasivo.

Cortesía de tu próximo Síndico Prof: Ramón Aristides Partido Revolucionario Dominicano PRD.

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